Leyendas de Tehuacán El Caballo de Zaragoza

Leyendas de Tehuacán El Caballo de Zaragoza

Leyendas de Tehuacán El Caballo de Zaragoza: Como me lo contó mi amiga DOÑA MARIA LUISA CHAVEZ BOLAÑOS se los cuento……

 

Donde hoy está edificado el Centro de Salud, antes sólo había un espacio verde con el Caballito de Zaragoza en alto, sostenido por columnas.

 

Hace más de cincuenta años mi abuelita fue una de las primeras vendedoras de chalupas que cada noche hacían las delicias de los viandantes que buscaban el fresco nocturno del Parque Juárez.  Yo siendo muy niña la acompañaba primero a ella Doña Asunción Ramírez y después a mi mamá Doña Rosa María Bolaños, que continuó con la venta de antojitos en el mismo lugar: junto a los arcos del Palacio Municipal.

 

Terminábamos de vender al filo de medianoche y  mientras mi mamá o mi abuelita recogían el puesto, yo corría al centro del Parque, y abajo del kiosco que no tenía puerta, escuchaba en el silencio de la noche el ruido que hacía una fuerte corriente subterránea, oí decir a muchas personas que era un brazo de mar.

 

Teníamos que caminar hasta nuestra casa en la 6 norte entre la 2 y la 4 poniente, llevando a cuestas comal, anafre y todo lo que habíamos ocupado,  debíamos pasar para llegar por el monumento a Zaragoza.

 

Casi siempre desde que dábamos la vuelta de la 2 poniente a la calle que es hoy Pereira Mejía empezábamos a rezar porque frecuentemente en medio de una oscuridad total, veíamos una fogata en el claro que dejaban las columnas que sostenían al caballito.

 

Lo raro del caso es que solamente nosotros la veíamos; mucha gente nos decía que era señal que ahí estaba enterrado dinero y que era para nosotros, pero nunca hicimos el propósito de ver si era cierto, por miedo y por falta de ambición.  En mi familia como en la mayoría de las que habitan en Tehuacán, creemos que el mayor tesoro es la salud, el trabajo y la conciencia tranquila.

 

Pasando el monumento ya quedaba cerca nuestra casa y en algunas ocasiones oíamos y llegamos a ver como un costal se arrastraba junto a nosotros como si fuera jalado por un ser invisible.  Nos santiguábamos, apresurábamos el paso y al llegar atrancábamos bien la puerta sintiéndonos al fin seguras.

 

Extraído de:

Leyendas, Tradiciones y Consejas Populares de Tehuacán

Guadalupe Martínez Galindo

 

 

 

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